Suicidio

Cada vez que intento seguir adelante, que estoy mejor, que la vida me trata con paciencia aparecen fantasmas, simples diablos, que desgarran mi piel desde lo más hondo de mí hacia el exterior, intentando hacerme añicos. Y se van, me dejan sangrando, me sacan la vida y arrastran con ellos toda mi energía.

No logro entender el significado de sus huellas ni a donde me quieren llevar. Me gritan y me sacan las lágrimas directamente de los ojos, me lastiman con todo el horror de sus seres.

Me llevan con ellos pero yo ya no sé a dónde, se ocultan en las sombras, me miran de reojo y hablan de mí en susurros. Me siento mínima cada vez que veo sus dedos helados señalándome mientras ríen, todos juntos.

Oscuridad.

Lo único que siento es el frío del lugar, la oscuridad solo empeora las cosas o tal vez es mejor, no quiero saber en dónde estoy. Percibir el odio a mí alrededor solo hace que me encoja más, tiran de mis brazos y piernas. Ya no me resisto.

No quiero pensar en la muerte, pero me contradigo cada vez que las uñas se clavan en mi cara como garras intentando demacrarme sin piedad. Morir, lo deseo. No puedo soportar más la condena que nunca se me declaró, el juicio que nunca llegó a mis oídos. Pero no necesito oírlo, lo sé.

El infierno, el infierno que está cada vez más cerca me sofoca con el calor, un calor demasiado pesado para mi cuerpo, mis pulmones. Me quemo mientras veo a alguien venir, me sonríe pero su cara malvada me trae a la realidad, no puedo escapar.

Mientras me despido de un mundo que solo supo odiarme y llenarme de amarguras, río. Río y no sé por qué razón, quiero dejar mi vida con una sonrisa que deja atónito a mi salvador, mi salvador que sólo puede hacer esto por mí, matarme. Dejarme ir, a mí, a mi cuerpo maltratado y mi mente con esa tan baja autoestima que nunca llegó a sentir una alegría de verdad.

 

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